miércoles, 26 de agosto de 2015

Trescientos atardeceres y un tragaluz

No se cuál es mi sitio al que volver, de hecho no tengo un sitio al que volver.
He decidido que quiero volver al atardecer, a él le parece bien.
Me gusta el atardecer, creo que es el momento más bonito del día. Es bonito pase lo que pase, es bonito cuando hace calor y cuando llueve, independientemente de que estación del año estés visitando.
Oirás un coche aparcar o el ruido de unos niños cuyas pilas siguen a pie de guerra. Igual ves dos manos cogidas que por fin entran en casa, y tres puertas más allá, quizá se te erice la piel, es el atardecer.
Pese que la palabra no me gusta, él siempre está ahí.
Si quieres podemos compartirlo, o simplemente te lo presto un rato, puedes ver que hermoso es todo cuando los pies del mundo ya están cansados.
Puedes entregarle el peso del día si así lo necesitas, sabiendo que como mucho volverá en unas horas.
El atardecer te deja hacer recuerdos con él, y se lleva los secretos a la tumba.
Ojalá un día hagamos un bello recuerdo en común, porque me gusta pensar que sólo me quedan unos cuantos atardeceres para que todo acabe.
Y mira cómo se mueven las nubes, y cuando las mires acuérdate mí.
Y coge aire para la noche que se acerca.

Así, que me quedo con el atardecer, aquí vuelvo cada vez que haga falta, que aquí nadie grita, nadie me ve, aquí puedo pensar en ti, y puedo contarme los latidos, que se me descontrolan.